El guión papal
La enfermedad del papa Bergoglio abre inevitablemente el debate sucesorio
Cuando un papa está en plenitud, los tirones y empujones de la política vaticana están siempre presentes, hay cardenales que nombrar, arzobispos, debates de uno u otro tema en tal o cual lugar del mundo donde el papa debe pronunciarse y toda la corte (no olvidemos que el Vaticano es un imperio) opera y presiona y opina y empuja y juega para que sea su posición la que se exprese en la voz del pontífice: los tradicionalistas, los progresistas, los moderados, los que promueven sus propios negocios, los que defienden privilegios para su país o su diócesis, los viejos lobos de mar que sobrevivieron al escándalo de la logia P2 y los jesuitas siempre enigmáticos.
Cuando el papa envejece y enferma, sin embargo, desde la muerte de Paulo VI más o menos se repite un guión al parecer bien desarrollado para tratar de poner a los fieles, cada día más liberales y exigentes de derechos, del lado de una iglesia que sigue siendo esencialmente una apolillada institución renacentista.
Sin desear ningún mal a Francisco, quiero recordar cuál ha sido ese guión y al ponerlo en blanco y negro lo someto al juicio de la historia, a ver si se repite al momento de la sucesión del papa argentino.
El ritual sucesorio
El papa actual muere, se celebran pomposas y ruidosas exequias y unos días después, llegan a Roma los cardenales menores de 80 años de todo el mundo para elegir al nuevo papa. Si esto ocurriera hoy, de los 252 cardenales en ejercicio, 138 con elegibles para votar. Estos príncipes de la iglesia se reúnen en la capilla Sixtina, dejando fuera a los turistas que sueñan con recorrer con la vista la magna obra de Miguel Ángel y se enredan en un enfrentamiento político de primerísima magnitud. Esto todavía no es el guión, es la forma aprobada por la corte vaticana para elegir al sucesor del trono de San Pedro. Aunque cualquier varón católico podría ser papa, en realidad desde el siglo XIV el papa es elegido de entre el colegio cardenalicio.
Los cardenales son en general obispos y arzobispos que son nombrados cardenales por el propio papa para que lo asesoren en cuestiones religiosas y ayuden en lo administrativo. Y estos cardenales encerrados bajo llave (de allí la palabra “cónclave”, con llave) en la capilla reciben boletas con las palabras “Eligo in Summun Pontificem”, fórmula en latín ce “Elijo como supremo pontífice”, y debajo de ellas escriben el nombre del candidato al que favorecen. La única regla es que el cardenal no puede votar por sí mismo, a saber si se resepeta. Las boletas se depositan en un cáliz y se cuentan. Para que un cardenal sea electo papa debe tener las dos terceras partes de los votos, en el caso de hoy mismo, pues, 96 votos.
Si no hay nadie que reúna esas 2/3 partes, las boletas se queman junto con una sustancia que hace que el humo sea negro y quienes están fuera de la capilla esperando noticias saben que habrá otra votación. Puede haber hasta cuatro votaciones diarias, dos por la mañana y dos por la tarde, el segundo, tercer y cuarto día del cónclave. Si aún no hay consenso, el quinto día se aparta para la oración. y el debate y luego se vuelve a votar en siete rondas, hay una pausa de un día y el ciclo se repite hasta que quienes están fuera de la capilla ven que por su chimenea surge humo blanco… son las boletas quemadas con otra sustancia que hace blanco al humo e indica que habemus papa, es decir, que los tira y afloja políticos de los cardenales han llegado a un equilibrio y consenso así sea temporal, y uno de ellos es designado el jefe del grupo. Entre media hora y una hora después de eso, el nuevo papa aparece en el balcón que domina la plaza de San Pedro y se anuncia su nuevo nombre. Unos días después es coronado, repitamos, porque esto es una corte imperial.
Y precisamente porque es una corte imperial, el guión al que hacemos referencia se pone en marcha.
El guión conveniente
El nuevo papa, nos dice la prensa católica, la oficina de prensa del vaticano y las oficinas de prensa de toda diócesis y arquidiócesis del planeta, más los espontáneos entusiastas, responde a las necesidades y anhelos de los fieles de todo el mundo, como un hombre de su tiempo, un visionario, un innovador y un creyente en que la institución religiosa sobre la que reina debe marchar al ritmo de los nuevos tiempos.
El papa sonríe mucho y se dice entonces que destila bonhomía y buen hacer, que adora a los niños -no tanto como para tener uno, al menos que se sepa-, respeta a las mujeres -no tanto como para darles posición de iguales en la iglesia-, ama a los pobres -no tanto como para dejar de lado las riquezas, lujos y pompa del imperio- y detesta la injusticia -no tanto como para poner orden en las injusticias de su iglesia contra, por ejemplo, menores de edad depredados por sus santos varones.
El papa procede a hacer declaraciones: debemos ser misericordiosos con todos, hasta con los homosexuales y a veces hasta con los ateos, con las demás religiones, con los empresarios y hasta con los políticos corruptos, que también son fieles pero pecadores.
Desliza alguna frase que condena al capitalismo o al menos a sus facetas más depredadoras. Se recuerda que incluso Pío XI (papa de 1922 a 1939) condenó el “imperialismo internacional del dinero” y se incide en la pobreza de la iglesia y su compromiso con sus colegas pobres como si éstos poseyeran las riquezas y lujos del imperio papal.
Se insiste: el papa es igualitarista porque todos somos hijos de dios y así lo proclamó Cristo, es noble y bueno, juega del lado de la justicia, quiere a todos, así sean terribles pecadores, y es distinto de los papas anteriores que quizás estaban un poco desfasados del mundo, bailando valses en tiempos de hip hop.
Toda esta andanada mediática tiene por objeto generan expectativas entre los fieles e incluso entre quienes no lo son, sobre todo los cristianos estadounidenses que le dan una enorme importancia a la figura y palabras del papa de Roma olvidando que en 1517 se separaron de la iglesia vaticana por ciertos vicios y defectos que, por cierto, no han desaparecido. La idea que se promueve es que el papa nuevo representa verdaderamente un cambio, una nueva era.
En enero de 2014, cuando Francisco llegaba al papado, publiqué un breve vídeo intitulado “Nuevo papa, viejos actos” en parte contando este guión que se había puesto en marcha para mayor gloria del argentino que llegaba a ocupar el trono vaticano. Decía yo: “El papa que llega es una promesa, es un cheque en blanco que sólo con el tiempo se sabe que no cualquiera puede canjearlo”. Bergoglio declaraba que la pobreza era un escándalo, que la iglesia se había ocupado demasiado de los homosexuales, del matrimonio igualitario y del aborto. Y por supuesto lanzaba alguna pulla contra el capitalismo.
En el caso del actual papa, la embestida mediática tuvo tanta eficacia que el propio líder de la izquierda populista extrema, Pablo Iglesias Turrión, declarara en 2015 que estaba “a muerte con el papa Francisco”.
Como apuntaba yo en aquél vídeo de hace 10 años, la realidad, esa incómoda vecina ruidosa, fue haciéndose presente en las distintas declaraciones y acciones del papa. Había que ser menos brusco con los ateos… pero seguían siendo pecadores sin opción a asiento en el paraíso, cuidado… y las mujeres, bueno, pues había que estar con ellas pero no tanto que molestara a los más reaccionarios cardenales, obispos y arzobispos. Y el capitalismo no era la gran cosa, pero con el Vaticano como uno de los principales inversionistas en la bolsa de valores de Roma, eso había que decirlo cada día con la boca más pequeña.
Todo ello, hay que aclararlo, sin emprender ninguna acción efectiva que pueda inquietar, incomodar o atemorizar a la parte más reaccionaria de la iglesia, jerarcas y fieles, negociantes y abusadores de niños, tradicionalistas y fascistas. Las palabras se las lleva el viento mientras los hechos confirman día a día en la política que pone en práctica el pontífice, que no hay nada qué temer.
Y efectivamente, hoy, al cabo de 12 años de la elección de Francisco, no queda nada de aquella imagen innovadora… vamos, casi revolucionaria con la que se le vendió por todo el mundo. Afortunadamente para la iglesia, los tiempos con los que se maneja el papado son tales que la mayoría de los seres humanos no recuerdan lo que ocurrió con el papa por entonces y están, pues, maduros para volver a caer en la trampa publicitaria.
Un papa asiático, mejor, uno africano, negro incluso, serían ideales para la construcción de la imagen del papa nuevo, distinto de los anteriores, de todos, que se necesita para volver a darle ánimos a la feligresía en cuanto a que ahora sí van a pasar las cosas que no han pasado desde que, siendo papa Melquíades, el emperador Constantino se convirtió al cristianismo y lanzó a esta religión a la conquista del mundo.
Y no van a pasar, de eso puede usted estar seguro, porque el anquilosamiento, la artritis moral, sobre todo, que infesta a la iglesia católica, no son asuntos que se reparen o curen con un cónclave y un nuevo papa. Los problemas de una iglesia como la católica son estructurales, y su incapacidad de ponerse al día es directamente proporcional a la enorme cantidad de clérigos de alto nivel que son profundamente reaccionarios, simpatizantes de dictaduras, encubridores de agresiones sexuales y vividores de la buena vida que no tienen planes de dejarla para irse de misioneros al Tapón del Darién.
Inercias
La iglesia es una institución de inercias, de inercias masivas proporcionales al enorme poder que ejerce, en la medida en que la mayoría de sus jerarcas entienden que no es necesario cambiar mucho para conservar su poder, y que un cambio intenso como fue el Concilio Vaticano II puede incluso a alejar a muchos feligreses, sobre todo a los más retrógrados, los más conservadores, que suelen ser los más reacios al cambio y los más fieles a la institución, cuando no los más opulentos donantes de bienes a la mayor gloria de la iglesia.
Sólo queda esperar que cuando se produzca el relevo, los medios no católicos y los analistas no sesgados controlen su entusiasmo y dejen de confundir sus deseos de una iglesia más humana, más avanzada y más amable con la realidad de la corte vaticana y esa inmovilidad que le representa, finalmente, la posibilidad de no desaparecer.


